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18 ocasiones en las que los padres fueron verdaderos expertos en la crianza de sus hijos

Todos los padre se enfrentan una y otra vez a una complicada elección: ejercer su autoridad o ser permisivo, regañar o intentar negociar con los hijos. Pero los padres de esta recopilación están claramente más preparados de lo normal para lidiar con las situaciones más complicadas.

Vale la pena tomar nota de algunas de estas historias, especialmente de la última. Porque hasta los niños con brechas en la buena educación merecen que se enorgullezcan de ellos.

1.

Mi amigo trató de enseñar a sus hijos a beber leche de cabra. Pero en vano.
—¡Papá, huele a cabra!
Luego, simplemente se resignó y comenzó a sacar la leche comprada de la bolsa y a verter la del pueblo en ella.
Satisfechos de que su papá se hubiera rendido, los hijos decían:
—¡Esta sí es leche! ¡Real y sabrosa! ¡No como tu apestosa leche de cabra!
Ambos ya tienen 40 años, y todavía están orgullosos de haber podido doblegar a su papá para que los dejara en paz…

2.

Mi tío perdió su trabajo y, para ganar dinero, consiguió un empleo limpiando nieve con una máquina. Mientras tanto, buscaba un nuevo trabajo. En ese momento, yo tenía entre 6 y 7 años. Estábamos sentados con mi papá en un auto e hice una broma bastante grosera sobre el trabajo de mi tío. Recuerdo que mi padre puso su mano en mi hombro y dijo muy seriamente: “Nunca, ¿me oyes? Nunca insultes a otra persona por un empleo honesto”. Estas palabras se quedaron en mi memoria y me hicieron un poco mejor.

3.

Cuando mi esposa iba a dar a luz a nuestro segundo hijo, nos preparamos leyendo libros ingeniosos. La diferencia de edad entre los niños era de 8 años. Pensábamos que no llegaría a extremos, pero estábamos equivocados.
—¡Quiero beber de un biberón, como mi hermano! ¡Quiero fórmula, no leche!
—Toma.
—¡Tiene deliciosas verduras y carne en su frasco!
—Por supuesto que son deliciosas, ¡abre y come!
—Puaj, no tiene sal.
—¡Méceme como a mi hermano!
—Duérmete, niña, duérmete ya… ¿No te parece extraño?
—Sí, me voy.
Y, de alguna manera, todo pasó rápido. No había celos; si su hermano recibía algo, ella podía contar con lo mismo. Un par de años después nació otra hermana pequeña, pero ya no hubo tales episodios.

4.

A los 7 años, tenía mucho miedo de hablar con extraños. Pero una vez fuimos con toda la familia a McDonald’s y yo quería kétchup para mis papas fritas. Y mi papá decidió que era hora de sacarme del caparazón. Dijo: “Ve y pídele a la cajera”. Me levanté de mala gana, enojado porque mi padre no me había dicho cuántas bolsitas hacían falta.
Con el corazón latiendo con fuerza, me acerqué al mostrador y susurré: “¿Puede darme kétchup, por favor?”. La cajera no me escuchó y, reuniendo valor, lo repetí más alto. Para mi sorpresa, ella dijo “¡Por supuesto!”, y me entregó varios paquetes. Feliz, regresé a nuestra mesa, sosteniendo las bolsas de kétchup frente a mí como si llevara el Santo Grial. Y hasta el día de hoy, el pensamiento “No será más difícil que pedir kétchup” me ayuda a superar cualquier nerviosismo al conocer gente nueva.

5.

Mi mamá me enseñó a ser honesto, aunque no sea fácil. Tenía unos 8 años cuando tomé una rosa amarilla del arbusto de un vecino. Después de un rato, se la mostré a mi madre. Y ella dijo, mirándome con severidad: “La rosa es hermosa. Pero ¿les pediste permiso a los vecinos antes de recoger su flor? Ve y discúlpate con ellos ahora mismo”. Todo dentro de mí protestaba, pero me acerqué a la casa del vecino y llamé. Cuando la mujer abrió la puerta, murmuré con una sonrisa forzada: “Hola. Vivo en el piso de arriba. Lamento haber recogido su flor”, y, empujando la rosa en su mano, me preparé para huir y evitar más conversación.
Y ella… sonrió y me devolvió la rosa, permitiéndome llevármela. Encantado, corrí a casa y le conté todo a mi madre. Y ella solo preguntó: “Bueno, ¿qué te parece esta rosa ahora?”. Yo respondí: “Se volvió aún más hermosa”.

6.

7.

Nuestra familia criaba caballos. El establo tenía que ser limpiado a diario y apilábamos estiércol al final del pastizal. Un día, cuando yo estaba en octavo grado, me sorprendieron maldiciendo. Y papá dijo: “Si dejas que ese hedor salga de tu boca, puedes soportar el olor del estiércol cuando lo cargas”. Pasé 3 días arrastrando una enorme pila de un lado a otro del pastizal y de regreso a su lugar original. Mi papá creía que el castigo debía ser coherente con la infracción.

8.

Era un día lluvioso. Estaba esperando el tren en la estación. Los charcos cercanos eran hermosos, y los niños no solo querrían saltar en ellos, sino directamente nadar. Una mamá y su hijo de unos 3 o 4 años pasaron por allí. El pequeño vio el charco más importante, de unos 3 m de diámetro. Sus ojos brillaron y dijo emocionado:
—Mamá, ¿puedo?
—Vamos a hacernos a un lado.
Bueno, me dije, eso es todo. Ahora habrá sermones, le arruinará toda la felicidad al chico. Mientras tanto, ella sacó unas botas de goma de la bolsa, el niño se cambió de zapatos y, chillando de felicidad, corrió al charco. Los pies quedaron secos y el niño estaba feliz. Y yo lo envidiaba y sonreía como si me hubieran permitido a mí chapotear, no a él.

9.

La hija de un amigo suplicó mucho por un perro. Juró que se ocuparía personalmente de la mascota. Bueno, en pocas palabras, le regalaron un cachorro. La emoción y el entusiasmo, como suele pasar, se prolongaron durante un par de semanas, y luego comenzó: “¡Mamá, llévalo a pasear! ¡Papá, sácalo a dar un paseo!”. Pero los padres resultaron no ser tan sencillos: siguieron fieles a sus principios y no se acercaron al perro. Una vez, el can dejó un “regalito” en la habitación de la niña, y en otra ocasión hizo un charco junto a su mochila. La pequeña se puso histérica, diciendo que “todos eran egoístas, que era la única que sufría”, pero aun así comenzó a pasear al perro con regularidad. Pedagogía por contradicción, en una palabra.

10.

Mi hijo estaba en cuarto grado cuando decidió irse de casa. Incluso escribió una carta de despedida. Entonces le dije lo siguiente: “No te lo prohibiré, pero te aconsejo que hagas una lista de cosas que vas a llevarte”. Por la noche, él ya estaba de buen humor: estaba emocionado por emprender una aventura. Resultó que ya tenía en mente una casa de cambio vacía en el edificio de al lado, e iba a comer en la cafetería de la escuela. Llegó el momento decisivo: 11 p. m. Le sugerí a mi hijo que se llevara solo una manta y una almohada, y se fuera a pasar la noche solo. Así se daría cuenta de lo que le faltaba, y al día siguiente se iría del todo. Se fue. Mi esposa, horrorizada, intentó intervenir, pero yo la detuve. Yo sabía lo que se sentía dormir en el frío, en una superficie dura y encima escuchando sonidos desconocidos. Duró 3 horas. Regresó congelado, un poco asustado y, desviando la mirada hacia un lado, dijo:
—¿Puedo vivir un poco más con ustedes? Me portaré bien.
—¡Por supuesto, nos alegra verte! —y también apartamos los ojos llenos de lágrimas…

11.

Mi hija de 3 o 4 años tenía mucho miedo de ver sangre. El más mínimo rasguño la ponía histérica. No porque doliera mucho, sino porque, si había sangre, entonces tenía que ser doloroso. La persuasión no ayudaba. Ayudó una casualidad. Me corté el dedo por accidente. Imperceptiblemente manché con sangre la mano de mi hija y le dije: “Oh, ¿dónde te lastimaste?”. Ella la vio y se puso histérica. Inmediatamente le pregunté: “¿Te duele?”. Dijo que le dolía mucho. La convencí de que se lavara la sangre. La lavamos. Ella miró su mano y no podía entender nada. Volví a preguntarle: “¿Te duele?”. Y ya no dolía. Luego le mostré mi dedo cortado y le expliqué que era mi sangre. Desde entonces, ya no tuvo más miedo.

12.

Cuando estaba a punto de ir a la escuela secundaria, mi padre descubrió que yo escribía mal, especialmente las respuestas largas a preguntas y ensayos. Pasó una semana obligándome a escribir un nuevo ensayo todos los días sobre las cosas y los asuntos más mundanos. El primer tema, que recordaré para siempre, fue: “Cómo lanzar una pelota”. En ese momento me parecía duro e injusto, pero aprendí a pensar ampliamente las cosas más simples y a usar descripciones. Durante el resto de mis años escolares escribí muy bien.

13.

Todas las mañanas, mientras mi hijo duerme, mi esposo le prepara un sándwich para el kínder, porque el nene no puede estar con hambre hasta las 9 de la mañana, cuando desayuna en la escuela. Un día, mi hijo se despertó de mal humor, fue a comer y de repente se echó a llorar. Dijo que no se comería el sándwich, porque el pan se había puesto viejo y seco mientras dormía… Mi esposo estaba confundido, y yo le dije a mi hijo que no estaba seco, sino que papá había hecho una tostada en una sartén especial para él. Mi niño sonrió: estaba encantado. ¡Comió y elogió a papá diciendo que nunca había comido tostadas más sabrosas!

14.

15.

Mi hija comía mal cuando era pequeña. Yo le ponía una gran porción en un plato grande. Ella, por supuesto, empezaba a lloriquear, diciendo que no quería, que no comería tanto… Comencé a decir: “Bueno, está bien, come al menos la mitad”. Ella aceptó felizmente, dividió la porción por la mitad, puso una parte en un plato pequeño y se la comió. Como resultado, comía lo suficiente.

16.

Cuando era niño, mis padres me enviaron a su habitación como castigo. Mi cuarto tenía una gran televisión en color con tele por cable, videojuegos y todas mis pertenencias. Y en su recámara solo había una cama y una pequeña televisión en blanco y negro con un solo canal. Fue la noche más aburrida de mi vida.

17.

Recuerdo que tenía entre 14 y 15 años. Arranqué la capa superior del papel tapiz de toda mi habitación, tomé un marcador y pinté las paredes con mis poesías. Dibujé un ángel. Mis amigos dejaron sus inscripciones en una pared: eso se convirtió en un orgullo especial. Mi mamá se horrorizó cuando le mostré mi “obra maestra”. Pero mi papá vino en mi defensa y dijo: “Déjala hacer lo que quiera, esta es su habitación”. Luego lo escuché decirle a mi madre que, de todos modos, había que hacer una refacción, y ella no paraba de repetir que la habitación parecía la escalera de un edificio con las paredes pintadas. Después de un tiempo, yo misma me di cuenta de que se veía horrible y acepté hacer la refacción. Y entonces, papá nuevamente me dio libertad para elegir. La habitación resultó ser creativa. Incluso pinté los muebles a juego con el interior. Y ahora, ya adulta, todavía vivo en este departamento y amo ese rincón en el que puse tanto trabajo.

18.

Hoy castigué a mi hijo mayor. Armó una palabra obscena con sus cubos. Sabía que era una mala palabra, que me enojaría, pero la escribió igual. Estaba esperando mi reacción. No suelo castigar a los niños, no los pongo en el rincón ni nada parecido, pero aquí tenía que llamarle la atención. Qué hice: lo senté en una silla, le dije que se quedara allí y pensara en buenas palabras que empezaran con la misma letra. Si se le ocurrían 20, podría bajar. Se quedó sentado. En silencio. Su hermana pequeña estuvo dando vueltas cerca y luego se sentó a su lado. Le pregunté:
—¿También armaste una mala palabra?
—No.
—Entonces, ¿por qué estás sentada?
—Yo fui dándole los cubos.

Y a ti, ¿alguna vez te ha ocurrido alguna anécdota digna de aparecer en esta recopilación? Cuéntanoslo en los comentarios.