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19 internautas contaron con orgullo cómo sus padres triunfaron en sus momentos más difíciles

Cuando somos niños no nos damos cuenta de hasta qué punto nuestros padres se sacrifican por nosotros. Pero lo cierto es que muchos de ellos tuvieron que superar muchas dificultades para alimentarnos a diario, darnos una infancia feliz, o conseguir que tuviéramos libros para estudiar.

Años más tarde, vemos con claridad hasta qué punto su esfuerzo y su valentía fue clave para nosotros en los momentos más difíciles. Algunos hijos han homenajeado a sus padres en las redes contando sus anécdotas más impresionantes, ¡esperamos que te maravillen tanto como a nosotros!

1.

2.

Mi madre comía el carapacho del pollo y yo no lo podía entender. También nos llevaba la merienda del trabajo y todos nosotros queríamos comerla, mientras que a ella parecía que no le gustaba nada.

3.

Vivíamos en un pueblo pequeño. Desde los tres años, mi padre no estuvo con nosotros, pero afortunadamente no pasé tantas carencias. Mi madre hacía de todo para sacarnos adelante: cosía ropa, atendía partos, lavaba ropa, atendía a la gente que se lastimaba o tenía alguna dolencia, cosechábamos café en nuestro cafetal, entre otras cosas. Nunca paraba de trabajar, nunca se quejaba y nunca se cansaba. Yo me dormía y ella estaba cosiendo ropa en su máquina. Me despertaba a media noche y el ruido de la máquina continuaba. Me levantaba temprano para empezar con algunas labores de la casa y mi madre seguía cosiendo.

4.

Mis padres hicieron todo lo posible por darnos lo mejor, mi madre se quedó en la casa para que mi hermano y yo nunca estuviéramos solos ni descuidados; siempre estuvimos limpios y bien comidos. Mientras que mi papá no tomó vacaciones en 20 años, y gracias a eso siempre tuvimos nuestro uniforme y útiles escolares.

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6.

Mi abuela quedó viuda muy joven y con 5 hijos, por lo tanto, debía trabajar muy duro. Su hijo menor lloraba mucho cuando ella se iba al trabajo, y para quedarse menos triste, un día le pidió que trajera galletas cuando volviera. Comprar galletas para tantos niños era caro, entonces, como una opción más económica, decidió ir a una fábrica para comprar galletas partidas que vendían por kilo. Cuando regresó a casa, su hijo le preguntó por las galletas; mi abuela le contestó que estaban sobre la mesa. Él corrió hacia el paquete, lo abrió, y con cara y voz de decepción le dijo a mi abuela: “Están todas rotas”. Ella, con el rostro apenado le respondió: “Sí, ya sé que se rompieron, es que me caí”.

7.

Casi todos los domingos, mi mamá hacía una sopa con lo que nos quedaba de comida a la que le llamaba escamocha. Era para nosotros un manjar y no nos dábamos cuenta de lo que en realidad era.

8.

Mi madre me crio sola, crecí siendo hija única. Nunca me sentí pobre porque siempre me dio todo. Pero cuando adquirió su casa, el dinero escaseaba por los múltiples gastos y pagos. Pasamos, en ese entonces, días en los que nos era difícil incluso tener para la comida. Ella me decía a la hora que llegábamos a la casa: “Toma, ve a la tienda y compra 3 panes, un cuarto de queso y 3 pesos de chiles en vinagre”. Yo corría a traerlos y comíamos sándwiches de queso con chilitos. Para mí, era un manjar porque me encantaba comer eso. Fue cuando crecí que me di cuenta de que eran días en los que mi mamá había salido sin dinero del trabajo, pues ya lo debía, y solo había para pan con queso.

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10.

Cuando era pequeña, vivíamos en una casita muy humilde a la que mi mamá llamaba “ranchita”. La casa no tenía piso de madera ni de cerámica, era solo de tierra. Sin embargo, recuerdo que ese piso siempre estaba muy limpio, y con el tiempo, mi mamá consiguió cartones que puso en todo el suelo. Ella los enceraba con tierra de color rojo para que nuestro piso brillara. Mi mamita siempre trabajó mucho cuando nosotros cuatro estábamos muy pequeños, nos daba todo lo que podía darnos.

11.

Lo más lindo de mi infancia es el recuerdo de cuando mi padre llegaba a la casa después del trabajo. Sudado y cansado se sentaba, nos pedía un abrazo y nos daba un beso en la frente. Hasta ahora, cuando huelo el cemento mojado, que es como él olía tras las horas en el trabajo, me lleva a ese recuerdo.

12.

Soy, de mayor a menor, el segundo de muchos hermanos. Recuerdo que cuando tenía entre 10 y 12 años, mi papá nos compró para Navidad el atuendo de ropa completo. Un 24 de diciembre, estrenando de todo, estaba bajando la escalera hacia el primer piso. En uno de los escalones me resbalé y caí sentado, pero no ocurrió nada grave porque allí estaba mi papá, quien me tomó en sus brazos y no me dejó dar contra el piso.

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14.

Recuerdo que no había para comprar sándwiches. Mi madre compraba pan en rebanadas, mantequilla y queso blanco; yo ni sabía de la existencia del queso mozzarella o cheddar. Ella pasaba el queso blanco por agua hirviendo para ablandarlo y bajarle lo salado, lo agregaba al pan, le ponía mantequilla y luego los aplastaba en un sartén con otra bandeja metálica. Han sido los mejores sándwiches de mi vida.

15.

De pequeña, me enfermaba mucho del estómago, de las vías respiratorias y siempre andaba con la nariz sucia. En una ocasión que se realizó un concurso de disfraces en la escuela, yo lo gané por ir de bruja malvada y mi regalo fueron varias cajas de pañuelos desechables. Mi mamá estaba muy emocionada, ya que ella confeccionó el disfraz con muchos esfuerzos, mientras que yo tenía mucha vergüenza por mi regalo.

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17.

Mis padres fueron muy trabajadores, pero aun así hubo un tiempo, cuando iba a la primaria, que estuvimos bastante ajustados de dinero, ya que invirtieron casi todo en comprar una casa. Tenía como 8 años y me escogieron como candidata de grado para fiestas del colegio. Aunque era mi gran ilusión, no dude en decir en que no podía aceptarlo, no di explicaciones y dije delante de todos que mejor fuera otra niña. Aunque me caía mal, yo había escuchado en el baño decir que ella quería ser candidata y sabía que tenía los medios económicos para hacerlo. Me sentí tranquila y contenta porque sabía que no quería que mis padres hicieran gastos innecesarios y que, si con eso podía apoyar, no era sacrificio, sino amor a la familia.

18.

En mi infancia, nunca me sentí pobre, mi abuelita y mi tía procuraban que no nos faltará nada, los hijos de los vecinos eran los que nos decían que éramos pobres porque no teníamos lujos.

19.

Cuando era niño, mi madre cocinó una sopa muy rica que nunca más volvió a hacer. Ya de adulto le pregunté por qué nunca más hizo esa sopa tan deliciosa, y con lágrimas en sus ojitos me confesó que ese día no tenía nada para que comiéramos, entonces juntó los restos de todo lo que había en la cocina y ese fue el resultado. Un beso a todas las madres que hacen milagros por sus hijos.

Y tú, ¿tienes alguna historia parecida de tu infancia?