Fallece trágicamente una querida actriz de la icónica serie ‘Cuéntame cómo pasó’

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Trágico suceso.

Pocas series han sabido acompañar a un país entero como Cuéntame cómo pasó. Desde su estreno en 2001, la ficción de Televisión Española se convirtió en una especie de espejo donde los espectadores veían reflejada la vida de sus propias familias: los cambios sociales, los sueños rotos y las pequeñas victorias cotidianas. A través de los Alcántara, generaciones enteras recordaron cómo era España cuando todo parecía por hacer.

A lo largo de más de dos décadas, Cuéntame se ganó un lugar en el corazón de los espectadores por su honestidad emocional y su habilidad para narrar la historia de un país desde los detalles más íntimos. Cada personaje, desde Antonio hasta Herminia, formó parte del imaginario colectivo, y muchos actores y actrices pasaron por la serie dejando una huella discreta pero imborrable. Detrás de las cámaras, ese elenco se convirtió también en una familia, unida por algo más que los guiones: la memoria compartida de un tiempo.

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Por eso, cuando una de esas piezas desaparece, el silencio pesa distinto. La comunidad artística se estremece, los compañeros recuerdan anécdotas y los espectadores sienten que algo suyo se ha ido también. Y esta semana, esa sensación ha vuelto a instalarse entre quienes amaron la serie y el teatro español.

Una artista con dos vocaciones.

La noticia del fallecimiento de una de las intérpretes que participó en Cuéntame cómo pasó ha conmocionado al mundo de la cultura. Con solo 55 años, la actriz perdió la batalla contra una enfermedad que la mantuvo alejada de los escenarios en los últimos meses. Su trayectoria había estado marcada por la pasión y por una doble vocación que la definía tanto dentro como fuera de las tablas.

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Se trata de Esther Uria, una profesional que supo brillar en montajes como La cacatúa verde o La importancia de llamarse Ernesto, y en series tan queridas como Hospital Central y la propia Cuéntame. Pero su historia no se detiene en los focos: Uria fue también una brillante psicopedagoga, licenciada con Premio Fin de Carrera y galardonada con el Premio Extraordinario en Educación Especial. Su curiosidad intelectual la llevó incluso a completar un Máster en Formación del Profesorado.

El teatro como herramienta de vida.

Más allá de los aplausos, Esther Uria creía en el poder del teatro como vía para el crecimiento personal. Su objetivo era llevar la interpretación al aula, convertirla en un instrumento pedagógico capaz de fomentar la convivencia y la empatía entre los jóvenes. Con esa idea obtuvo una beca que le permitió desarrollar proyectos donde la creatividad y la educación se daban la mano.

Para ella, enseñar y actuar no eran mundos opuestos, sino reflejos de una misma pasión: la de descubrir el potencial oculto de cada persona. En sus clases buscaba que los alumnos encontraran confianza en sí mismos y libertad para expresarse. En el escenario, trasladaba esa misma energía a cada papel. Su tesis, incluso, dio lugar a una obra escrita por ella, que presentó ante el tribunal académico y que muchos recordaron después como un ejercicio de autenticidad y entrega.

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Reírse del presente para seguir viviendo.

Sus últimos años estuvieron marcados por un proyecto muy personal, Cada día es solo una vez al día, creado en 2013 junto a su pareja. En él, Esther proponía una mirada luminosa sobre la vida cotidiana, mezclando humor y reflexión en dosis iguales. Allí resumía su filosofía con una frase que hoy resuena con más fuerza que nunca: “la experiencia de una mujer que sabe que lo mejor es empezar por reírse de uno mismo. No nos lamentamos del pasado, tenemos el presente y una forma muy positiva de vivirlo es empezar a vivir con humor reflexivo. Vivamos el presente con humor y amor”.

Esa fue, quizá, su verdadera lección: entender la existencia como un escenario donde lo importante no es el aplauso, sino la autenticidad. Con su partida, el teatro español pierde a una artista generosa y la educación, a una maestra que supo enseñar desde la risa. Y aunque la función haya terminado, queda la certeza de que su mensaje —ese “vivir con humor y amor”— seguirá resonando allí donde alguien se atreva a creer en el poder transformador del arte.

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