Carlota Cantó, la hija de Toni Cantó que falleció con tan solo 18 años junto a su novio famoso

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El drama de un rostro conocido.

Durante más de una década, Toni Cantó dejó de lado su faceta como actor para centrarse por completo en la política. Conocido por su paso por distintas formaciones y su presencia habitual en debates televisivos, Cantó siempre ha sido una figura polémica y reconocible en la vida pública española. Hoy, a sus 60 años, vuelve a conectar con su oficio original: la interpretación.

Compagina su regreso a los escenarios con su rol de tertuliano, en una etapa en la que asegura sentirse profundamente agradecido. “Una persona muy afortunada”, se define él mismo, no por haber tenido una vida sencilla, sino por haber logrado atravesar tormentas que a otros les destrozan por completo. Y entre todas, hay una que marcó un antes y un después.

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El infierno compartido.

En conversación con El Mundo, ha recordado el mayor golpe que ha recibido jamás: la pérdida de su hija mayor, Carlota. «¿Cómo te rehaces de algo así?», le preguntan. Su respuesta es un dardo directo a la realidad más cruda: “Primero, viviendo un infierno, pero a mí me salvó la gente”.

Durante el duelo, Cantó encontró una inesperada red de apoyo entre quienes habían vivido tragedias similares. “Conocí a una red de personas a las que les había pasado lo mismo que a mí”, explica. El consuelo vino de la empatía, de la certeza de que el dolor no era solo suyo, sino una herida que otros también habían conseguido cicatrizar.

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Durante un tiempo, el encuentro con extraños que compartían su sufrimiento se convirtió en una rutina casi diaria. “Me llamó mucho la atención la cantidad de gente que había pasado el infierno que estaba pasando yo y había salido”. Esa conexión emocional le sostuvo cuando las fuerzas flaqueaban.

Hoy, cuando la fama le pesa, recuerda cuánto significó para él la cercanía de desconocidos. “Me obligo a recordar lo importante que fue para mí el cariño de la gente en mi momento más oscuro”, dice con humildad. Una fama que, por una vez, sirvió de puente hacia algo humano.

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Una noche trágica.

La tragedia ocurrió el 29 de enero de 2011, en una carretera de Cabrera de Mar, en la provincia de Barcelona. Carlota, que entonces tenía solo 18 años, viajaba en coche con su novio, Javier Arraut, cuando un conductor ebrio y en sentido contrario impactó de frente contra su vehículo. Ambos jóvenes murieron en el acto.

Arraut, de 20 años, era sobrino del político Xavier Trias, por entonces una figura destacada en la política catalana. El conductor kamikaze, de 41 años, resultó gravemente herido y fue detenido poco después por un delito contra la seguridad vial. Esa noche no sólo truncó dos vidas, sino también las de sus familias.

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Carlota vivía en Barcelona mientras estudiaba Dirección y Administración de Empresas en ESADE. Era una joven con una vida por delante, proyectos, sueños. Para su madre, la actriz Eva Cobo, el presentimiento llegó días antes. “Me entró una necesidad enorme de visitarla”, relató entre lágrimas en una entrevista.

Un duelo imposible de ignorar.

Eva viajó sin billete a Barcelona y compartió con su hija unos días que, sin saberlo, serían los últimos. Compras, risas, confidencias. “Me pidió que no me fuera”, contó. Al regresar a casa tras cenar con Javier, el coche en el que viajaban fue embestido por el kamikaze. Y todo se apagó.

El dolor sumió a Eva en una oscuridad profunda. “Caí en una depresión muy fuerte y estuve un año sin poder salir prácticamente de la cama”, confesó. La incomprensión ante la vida que seguía su curso la empujó a mudarse a Londres, buscando distancia, quizás aire.

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Allí logró recomponerse poco a poco. Montó dos negocios, uno relacionado con la educación y otro con la gastronomía. Nueve años en el extranjero que sirvieron como refugio y como reconstrucción personal, aunque la herida seguía abierta.

Presencias invisibles.

Hoy, 14 años después, Eva vive con una mezcla de serenidad y melancolía. “Me da el bajón cuando se acercan las fechas complicadas”, reconoce. La Navidad, el cumpleaños de Carlota, el aniversario de su muerte. Pero ha aprendido a convivir con el vacío.

“No hay un día que no piense en ella”, afirma. Lleva siempre consigo la cruz de bautismo de su hija, como un talismán. “Es como si tuviese un ángel de la guarda”. A veces, dice, le parece percibir su olor. Y en esos instantes, todo lo demás deja de importar.

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Toni Cantó y Eva Cobo tomaron caminos distintos, pero comparten una pérdida que ningún padre debería experimentar. Él regresa ahora a los escenarios, quizás porque actuar —como vivir— también es una forma de resistir.