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“Creía que iba a morir”. El peor día de la vida de Sara Carbonero

La aerofobia o miedo a volar es el temor o fobia a volar en aviones. Puede ser una fobia por sí misma, o puede ser una manifestación de una o más fobias, como la claustrofobia (el miedo a los espacios cerrados) o acrofobia (el miedo irracional e irreprimible a las alturas). Es un síntoma en vez de una enfermedad, y causas distintas pueden dar lugar a la aerofobia. El 29% de las personas posee esta fobia. Uno de cada tres pasajeros que se monta en un avión tiene miedo a volar.

Sara Carbonero ha narrado en su Blog ‘Cuando nadie me ve’, que publica en la web de la edición española de la revista Elle, el peor momento que ha pasado en su vida, y sí, éste tuvo lugar a bordo de un avión. La presentadora ha explicado que en un vuelo Madrid-Oporto estaba segura de iba a morir. Un relato que pone los pelos de punta.

“De repente el avión se quedó en silencio. Cuando eso ocurre y no es de noche y la gente duerme, normalmente es porque ha pasado algo que ha hecho a los pasajeros enmudecer. No sé calcular así, ahora mismo cuántos viajes en avión he podido hacer a lo largo de mi vida pero son bastantes y no recuerdo ninguno tan angustiante. Lo normal para un vuelo Porto-Madrid es tardar unos 50 minutos o una hora.

Bueno pues llevábamos casi dos horas en el aire y ni siquiera estábamos cerca del aeropuerto de destino. Hubo incluso un señor, que de muy malas maneras, le dijo a la auxiliar de vuelo: ‘Oiga señorita, pero ¿esto es un avión o un autobús?’ Como si la pobre tuviera la culpa de la tardanza o de los movimientos cada vez más bruscos de lado a lado del aparato.

El silencio sepulcral solo se veía interrumpido de vez en cuando por los “¡Aaaaayyyyyyy!” cada vez que el avión bajaba y volvía a subir de forma violenta. Como si de una escena de película se tratase, mi vaso de café se fue deslizando por la bandeja de un extremo a otro hasta que acabó por caerse al suelo. No pude hacer nada para impedirlo porque por entonces ya estaba con la cabeza dentro de una bolsa intentando relajarme y no vomitar.

Efectivamente el momento de aterrizar se estaba acercando, el piloto había avisado de la aproximación y aunque el avión continuaba dando bandazos parecía que el final del agitado viaje estaba cerca. Pero cuando estábamos descendiendo de pronto volvimos a subir muy rápido. Y de nuevo el “¡Aaaaayyyy!” El piloto nos avisó de que no habíamos podido terminar la maniobra de aterrizaje debido a la proximidad con otro avión con el que no guardábamos la distancia mínima de seguridad. Algo así debió decir porque en ese momento ni yo ni bastantes pasajeros escuchábamos nada…

Llegué a pensar que el avión realmente tenía algún problema o avería y que no querían decirnos nada por no sembrar el pánico. Pensé que en cualquier momento nos podíamos estrellar, que en casos así era una suerte estar incomunicado para no poder mandar mensajes a nuestros seres queridos poniéndoles el cuerpo del revés.

Aunque por otro lado, si ya no les iba a ver más, me gustaría decirles algo. Pensé en que ese no era el vuelo que en principio iba a coger, que lo cambie a última hora para no madrugar tanto. ¿Quién me mandaría…? Intenté tranquilizarme recordando aquello de que ‘el avión es el medio de transporte más seguro del mundo’. Pensé en mi familia, en mis hijos y tuve miedo, mucho miedo. Un miedo irracional que antes de ser madre no conocía pero que en los últimos años me acompaña a menudo.

También tuve tiempo de darle una vuelta a eso. ¿Sería entonces que ahora valoro más mi vida que cuando ellos no habían nacido? ¿Es que antes de ser madre era una inconsciente? Más bien creo que la maternidad viene con un montón de cosas maravillosas y con un buen puñado de miedos e inseguridades, como por ejemplo el miedo a no estar y que tus hijos te necesiten, a no verles crecer, a perderte algo de sus vidas. Me entraron sudores fríos y una sensación de claustrofobia tremenda”.