El impresionante trabajo de estos vecinos en León, vital para contener el fuego en los Picos de Europa: “Si no llega a ser por el esfuerzo de todos estos chavales…”

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Cuando el fuego une a un país.

Hay momentos en los que un suceso supera las fronteras de lo local y sacude la conciencia colectiva. Ocurre con las tragedias naturales, esas que transforman paisajes, rutinas y prioridades en cuestión de horas. En estos días, los incendios que arrasan España han provocado esa conmoción compartida: angustia, rabia, solidaridad.

Las llamas no solo devoran montes y campos. También alteran los latidos de pueblos enteros que ven amenazada su vida cotidiana. Lo que empezó como una alerta más en los Picos de Europa se convirtió rápidamente en una pesadilla que obligó a actuar a vecinos, autoridades y cuerpos de emergencia.

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Un respiro, pero no la calma.

En la vertiente leonesa de los Picos, el incendio de Valle de Valdeón ha sido contenido, pero Riaño mantiene el pulso en vilo. Las condiciones meteorológicas —niebla, humedad y temperaturas más suaves— han jugado a favor, permitiendo que algunos evacuados pudieran volver a casa. Pero la amenaza no ha desaparecido y el miedo sigue rondando los tejados.

No es solo el fuego lo que quema, también lo hace la incertidumbre. Aun con el regreso parcial a la normalidad, los vecinos se mantienen preparados. Porque lo aprendido en estos días es que la amenaza puede reactivarse en cualquier momento.

Vecinos convertidos en cortafuegos.

Mientras ardía el monte, quienes aún podían mantenerse en pie se organizaron. Hicieron cortafuegos, retiraron maleza y desbrozaron los límites de sus pueblos como si les fuera la vida en ello. Y, en cierto modo, así era. “Llevo 32 horas sin dormir”, decía un vecino exhausto, pero sin intención de rendirse.

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Muchos de los evacuados desoyeron las órdenes y se quedaron. No por imprudencia, sino por convicción: creían que su presencia era necesaria para defender lo suyo. “Nos querían sacar sin que hubiera medios de extinción aquí”, comentaba un bombero que también es del pueblo y que optó por resistir.

Desobediencia con causa.

No estaban solos. Quienes decidieron quedarse lo hicieron organizadamente. Subieron a zonas altas, hicieron tareas de prevención y apoyaron a los profesionales como pudieron. En los cascos urbanos, otros trabajaban con igual intensidad limpiando caminos y parcelas, reduciendo el combustible natural que podía alimentar las llamas.

Fue una resistencia civil tan silenciosa como efectiva. “Si no llega a ser por todos estos chavales…”, se escucha con frecuencia entre los vecinos. Esa labor anónima, sin focos ni uniformes, fue clave para frenar el avance del incendio.

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Un esfuerzo que se replica.

Lo que comenzó en Valdeón se extiende ahora al sur, donde en Riaño decenas de personas replican esa misma entrega. Allí también el monte ha ardido, pero las casas, por ahora, se han salvado. Y no ha sido por azar, sino por la acción conjunta de ciudadanos y servicios de extinción.

El alivio por la mejora del clima no es suficiente para bajar la guardia. Aún queda mucho terreno humeante, muchos metros de incertidumbre, muchos focos que podrían reavivarse. La batalla contra el fuego aún no ha terminado, pero lo que ya ha prendido es la voluntad colectiva de defender lo que es de todos.

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