Fallece en un peligroso reto en directo el streamer español Sergio Jiménez a los 37 años

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Un fenómeno que interpela a todos.

Los últimos escándalos ligados a retos en Internet han vuelto a colocar el foco en una dinámica que afecta a toda la sociedad. No se trata solo de casos aislados, sino de un síntoma de cómo la atención y el dinero pueden empujar a situaciones extremas. Plataformas digitales, audiencias anónimas y la búsqueda de ingresos rápidos forman un cóctel difícil de gestionar. El debate ya no es tecnológico, sino social y cultural.

Hace unos meses, Simón Pérez reapareció en el centro de la conversación pública por los desafíos que aceptaba a cambio de dinero. El creador que tiempo atrás se hizo popular por un vídeo divulgativo sobre hipotecas no ha conseguido recomponer su vida. A través de plataformas de videollamada, mantiene un tipo de contenido que despierta alarma y preocupación. Su caso ilustra cómo la exposición constante puede cronificar conductas dañinas.

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Estos episodios no solo afectan a quienes se ponen delante de la cámara. El público que observa, participa o financia también forma parte de una cadena de responsabilidades compartidas. La normalización de ciertos comportamientos en directo diluye los límites entre espectáculo y riesgo. Por eso, cada nuevo caso reabre preguntas incómodas sobre el papel de las audiencias.

La sacudida fue aún mayor cuando un suceso similar terminó de forma trágica durante una retransmisión en directo. Sergio Jiménez Ramos, de 37 años, conocido como Sancho o Sssanchopanza en el mundo del streaming, falleció el 30 de diciembre mientras emitía. La noticia, adelantada por ‘El Periódico de Catalunya’, marcó un precedente en España. La comparación con un caso ocurrido en Francia no tardó en aparecer.

Cuando el directo se vuelve irreversible.

Según relató el propio Pérez en un vídeo de YouTube, varias personas habrían pagado a Jiménez para una emisión privada con consumo de sustancias y alcohol en cantidades extremas. “Yo ya le dije veces que dos gramos era sobredosis, que estaba estudiado. El hermano me dijo algo de una botella de whisky, que llegó la poli y que escucharon por el ordenador que alguien decía si se había bebido toda la botella. Tengo la conciencia tranquila, me podía haber pasado a mí, le ha pasado a él”, ha relatado. Sus palabras buscan deslindar responsabilidades en un entorno cada vez más turbio.

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El citado medio añadió que Jiménez residía en Vilanova i la Geltrú y estaba en tratamiento psiquiátrico. También se informó de antecedentes de problemas con el consumo de sustancias prohibidas. Su familia, devastada, reclama respuestas claras. “Hay que encontrar a los culpables y que lo paguen”, demandan.

Las fuerzas de seguridad han abierto una investigación para esclarecer lo ocurrido. Las pesquisas se centran en rastrear el origen de las donaciones y los grupos donde se organizaban estas videollamadas. Mientras tanto, Pérez insiste en su versión y se defiende ante las acusaciones del entorno del fallecido. “Yo ya le dije que no hiciera directos, que se quitara del Telegram que era una mierda, que iba a acabar mal. Yo no tengo ninguna culpa”, afirma.

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El eco en las pantallas.

Más allá de la investigación, el impacto se ha trasladado a las redes sociales. Foros y plataformas se han llenado de opiniones, reproches y reflexiones sobre lo sucedido. Muchos usuarios cuestionan los límites del entretenimiento digital y la responsabilidad colectiva. El suceso ha generado una conversación intensa que sigue creciendo minuto a minuto.