Tarde de concursos y un desenlace inesperado.
Pasapalabra lleva años instalado en la rutina de mucha gente como ese programa que “te acompaña” mientras haces cualquier cosa: desde preparar la cena hasta comentar en casa la pregunta imposible que nadie acierta. Su fórmula mezcla cultura general, agilidad mental y ese punto de tensión amable que engancha sin necesidad de artificios. En cada entrega, el espectador no solo mira: juega, se pica y se sorprende con lo que sabe… y con lo que no. Y, de vez en cuando, el formato se reserva noches que acaban siendo historia de televisión.

Pasapalabra funciona como un circuito de pruebas que se van encadenando para sumar segundos, porque el tiempo es oro en sentido literal. Los concursantes se apoyan en equipos identificados por colores, con invitados famosos que aportan respuestas y también nervios, porque cualquier fallo pesa. La mecánica premia la regularidad: ganar hoy significa volver mañana, y volver significa seguir construyendo una racha. Por eso, cuando un duelo se alarga durante meses, el plató termina pareciendo una pequeña liga propia con sus estadísticas y su épica.
El corazón del programa es “El Rosco”: 25 definiciones, 25 letras, y una carrera contra el reloj que obliga a decidir si contestas o pasas para no quemar segundos. La clave no es solo saber, sino gestionar: medir riesgos, leer el ritmo del rival y usar el “pasapalabra” como estrategia, no como muleta. El bote, mientras tanto, crece y se convierte en una sombra gigante que lo invade todo, tanto para quien juega como para quien mira. Y cuando alguien completa las 25, el premio acumulado cambia de manos de golpe, sin medias tintas.
Un juego que se mide en segundos.
A esa tensión hay que sumarle un detalle decisivo: el tiempo que llegas a “El Rosco” te lo has ganado antes, prueba a prueba. Es decir, cada acierto previo es un segundo más para respirar cuando el abecedario aprieta. Por eso, el concurso no va solo de tener buena memoria; va de sostener la concentración durante todo el programa, día tras día. Y ahí aparece el factor más difícil: la constancia psicológica de quien compite cientos de tardes, con el bote creciendo como un contador que no se detiene. En ese terreno, el formato se vuelve casi un deporte mental.

Con ese contexto, el 5 de febrero de 2026 ya venía señalado como una fecha especial: se jugaba el mayor bote visto en el programa. La protagonista fue Rosa Rodríguez, que cerró una etapa larguísima y lo hizo a lo grande: completó el rosco y se llevó 2.716.000 euros, la cifra más alta en los 26 años del formato. La marca anterior estaba en manos de Rafa Castaño, y esta vez el listón quedó directamente pulverizado. No fue una victoria cualquiera: fue una de esas que se cuentan como “antes y después”.
La historia, además, venía con un rival de peso: Manu Pascual, con quien Rosa se había cruzado en un duelo de 307 programas que parecía no terminar nunca. Ella había entrado el 19 de noviembre de 2024 y, desde entonces, la pareja convirtió la competición en un pulso de casi año y tres meses, con victorias, empates y derrotas repartidas como en una clasificación. En el balance final de Rosa, los números hablan solos: 96 triunfos, 120 caídas y 91 empates. El plató, a esas alturas, ya era su oficina diaria.
El rosco que rompe el techo.
El desenlace fue de los que se recuerdan por un detalle mínimo: quedaban apenas tres segundos y la última letra se convirtió en un todo o nada. La pregunta pedía el apellido del jugador de fútbol americano elegido MVP en 1968 por la agencia Associated Press, y Rosa respondió “Morral (Earl)”. En ese instante, Roberto Leal lo confirmó con su sello habitual: «¡sí!». No hubo suspense añadido: hubo estallido, incredulidad y ese segundo de silencio previo a la celebración total.

Con el premio ya adjudicado, el récord de permanencia también quedó reforzado: Rosa había sido la primera mujer en superar las cien emisiones, y su trayectoria acabó coronada en el mejor momento posible. No es menor el dato de que se había quedado a un acierto del bote en dos ocasiones, mientras Manu lo había rozado más veces, lo que convierte esta victoria en un giro final que no estaba escrito. Por su parte, Manu se marchó con 270.600 euros acumulados tras 437 programas, una cifra que retrata el nivel del enfrentamiento y el desgaste de sostenerlo tanto tiempo. En un concurso donde cada tarde es examen, sobrevivir ya es una hazaña; ganar, directamente, es entrar en la lista histórica.
La biografía de la ganadora también ayuda a entender por qué conectó con el público. Nacida en Quilmes (Argentina), llegó a Galicia de niña y se asentó durante años en A Coruña, construyendo una vida lejos del foco mediático. Se formó en Filología Inglesa y encadenó másteres en Lingüística, Educación y Neurociencia aplicada a la educación, un perfil de estudio que encaja como un guante con la lógica del concurso. A la vez, siempre se definió desde un lugar cotidiano, sin pose: «Soy tímida, lo que muchas veces, creo, hace que aparente ser muy seria».
Lo que viene después del millón.
En su relato personal, Rosa siempre volvió al mismo punto: su familia y el origen de todo. «Siempre pienso que la razón por la que estoy aquí es porque mis padres cuando era pequeña sacrificaron todo para que nosotros tuviéramos tener la vida», dijo al comienzo de su etapa, situando el premio en un marco mucho más íntimo que el del espectáculo. Y añadió con una claridad desarmante lo que haría si el bote llegaba: «Si ganase me encantaría poder ayudarles a ellos, y si sobra algo viviría con más tranquilidad, seguir haciendo lo que me gusta, pero más tranquila». Esa idea —no cambiar de vida, sino vivirla mejor— terminó convirtiéndose en un hilo emocional para muchos espectadores.
También contó cómo nació la aventura: «Mi madre fue la que me animó. Durante la pandemia, yo estuve viviendo con ellos y por las tardes nos sentábamos a ver concursos. A mi madre le encantan los concursos en general y, de hecho, siempre ha soñado con participar en alguno e hizo varios castings, pero, por una razón o por otra, nunca ha llegado a estar en ninguno. Un día de diciembre de 2020 decidí que quizás podía prepararme para concursar, y empecé a indagar lo que había detrás. Mi madre me animaba específicamente para ‘Pasapalabra’ porque, cuando yo era pequeña y lo veía, siempre decía que, cuando fuera mayor de edad, iría. Así, al final, después de repetírmelo muchas veces, me convenció». Con el bote ya en el bolsillo, a ese impulso familiar se suman ahora planes que llevaba tiempo aplazando —como retomar estudios— y también pequeños deseos inmediatos, como celebrar el momento con un viaje en familia.
Y mientras se digiere la cifra —y todo lo que trae consigo—, el último capítulo se ha escrito en internet. Las redes se han llenado de opiniones sobre lo que Rosa hará con el premio: desde quienes aplauden que priorice ayudar a los suyos y mantener su vida ligada a la docencia, hasta quienes fantasean con decisiones más extravagantes. Entre mensajes de orgullo, bromas sobre “qué haría cada uno” y comparaciones con ganadores anteriores, la conversación se ha centrado menos en el número y más en el gesto: qué significa elegir tranquilidad cuando podrías elegir ruido. En pocas horas, su manera de enfocar el bote se convirtió en tema nacional, y su decisión —más que su victoria— terminó siendo el debate de la noche.