Ha fallecido inesperadamente un icono de la música: Gracias por todo y buen viaje

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Cuando una pérdida se vuelve colectiva.

Hay muertes que no se quedan en el ámbito privado y se expanden como una onda lenta por toda una comunidad. No importan solo por la edad o la trayectoria, sino por el hueco simbólico que dejan. Son despedidas que obligan a detener el ritmo cotidiano y a mirar atrás. En esos momentos, la biografía individual se funde con la memoria compartida.

La desaparición de ciertas figuras actúa como un espejo social. En él se reflejan décadas de trabajo silencioso, gestos sostenidos en el tiempo y una influencia que no siempre buscó titulares. La sociedad reconoce entonces aquello que había dado por constante. El impacto no es estruendoso, pero sí profundo.

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En ese tipo de ausencias, el duelo se vuelve transversal. Personas que no se conocían entre sí comparten una misma sensación de orfandad cultural. Se habla menos de la muerte y más de lo vivido gracias a esa presencia. Es una forma de agradecimiento colectivo.

Una figura discreta y decisiva.

Alejandro Reyes Domene Rodríguez falleció este miércoles en Almería a los 81 años, dejando tras de sí una estela que atraviesa varias generaciones. Promotor cultural por vocación y por práctica, construyó su legado desde la segunda fila, con una constancia casi artesanal. Quienes le trataron coinciden en que nunca buscó protagonismo. Aun así, su nombre terminó asociado a una idea de excelencia y cuidado.

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Su vínculo con el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid marcó un antes y un después en la vida cultural del país. Como socio fundador y coordinador del Club de Música y Jazz desde octubre de 1970, convirtió aquel espacio en un punto de encuentro irrepetible. Por allí pasaron artistas de registros muy distintos, desde Camarón de la Isla hasta Chick Corea. Más que una agenda brillante, lo que se creó fue una comunidad.

Ese trabajo fue reconocido en 2011 con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Reyes la recogió de manos del emérito Juan Carlos I y quiso subrayar el carácter colectivo del premio. “Aquí se premia el trabajo de mucha gente: de los colegiales que han sido miembros del club, de los actuales, de los equipos de dirección y los patrocinadores, sin los cuales esto no hubiera sido posible”, explicaba días después en declaraciones a Guillermo Fuertes para este periódico. La frase resume bien su manera de estar en el mundo.

Raíces, trayectorias y memoria cultural.

Nacido en Alcóntar y criado en el casco histórico de Almería, nunca perdió el vínculo con su lugar de origen. Tras su etapa formativa y su traslado a Madrid, el ‘Johnny’ se convirtió en su casa durante media vida. A partir de ahí, su carrera se desplegó en múltiples direcciones, siempre ligada a la música y a la gestión cultural. Festivales, asesorías y proyectos llevaron su sello sin necesidad de firma visible.

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Entre los hitos más recordados están la producción de festivales de flamenco en Almería y su labor para acercar a Madrid a los artistas almerienses. También su papel como asesor cultural de Enrique Tierno Galván y su vinculación con citas jazzísticas de referencia. El escenario del San Juan Evangelista fue testigo de conciertos que hoy forman parte del relato musical del país. “No podemos hacerle esto a Alejandro, con lo que está haciendo por el flamenco”, recordó en una entrevista al evocar una actuación especialmente significativa.

Su figura quedó documentada en el cine y en los libros, con obras que recogen testimonios de músicos, comunicadores y creadores. En uno de esos reconocimientos, se habló de “una catedral de la música popular”, expresión que sintetiza la dimensión de su trabajo. Reyes aceptó los homenajes con pudor y agradecimiento. Siempre prefirió que hablara la música.

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El eco de una despedida.

Fiel a su manera de vivir, su adiós fue íntimo y sin ceremonias públicas. Solo su entorno más cercano estuvo presente en la despedida. Sin embargo, la reacción posterior ha sido amplia y sentida. La ciudad y el sector cultural han tomado conciencia de lo que se pierde.

En los días siguientes, las redes sociales se han llenado de mensajes, recuerdos y palabras de gratitud. Antiguos colaboradores, artistas y ciudadanos anónimos han compartido anécdotas y fotografías. Ese caudal digital funciona como un archivo espontáneo de afecto. Así, la despedida privada se ha transformado en un homenaje colectivo que confirma hasta qué punto su huella sigue viva.

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