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La devastadora experiencia de este niño de 10 años que sabe que NO podrá pisar la Universidad

El rechazo a las reválidas de la Lomce ha suscitado la primera convocatoria de una huelga este curso escolar. Las reválidas son pruebas de evaluación para medir el grado de adquisición de competencias, que se realizan en tercero y sexto de Primaria, así como al terminar la etapa de la ESO y del Bachillerato. Aprobar las de secundaria será absolutamente necesario para lograr el título de fin de etapa, y la de Bachillerato sustituye a la Selectividad.

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Entre muchas críticas de otros colectivos, el Sindicato de Estudiantes expone que el objetivo es claro: “expulsar fulminantemente del sistema educativo a cientos de miles de jóvenes de familias humildes“. El sindicato cree que las reválidas “no buscan la mejora de la calidad educativa“, algo que “solo es posible invirtiendo en educación pública, en recursos humanos y materiales que garanticen condiciones digna en nuestros centros, contratando profesores, aumentando los desdobles, acabando con la masificación

Coincidiendo con las movilizaciones convocadas para la semana pasada por este asunto, el novelista y dramaturgo Fernando J. López contó hace unos días su encuentro con un niño de 10 años, y el relato se convirtió rápidamente en viral. Esta es su historia:

“M. tiene 10 años y, cuando acaba la charla, me dice que está contento porque es la primera vez que ve a un escritor.

“A mí me gusta escribir, ¿sabes? Poemas y eso.” Saca con algo de miedo un folio doblado por la mitad en el que ha copiado y coloreado, con auténtico mimo, la imagen de la cubierta de mi novela. “¿Puedes firmarme esto? No tengo el libro, pero lo he leído tres veces. En serio. En la biblio”. Le dedico su cubierta, mucho más hermosa que cualquiera de las que yo pueda llegar a tener jamás, y M. me cuenta que quiere ser periodista. O compositor. Porque también le gusta la música. “Pero da igual, porque sé que no voy a ir a la universidad. Mis padres no pueden pagarla”. Intento responderle algo que le anime y le hablo de becas, de opciones, de hablar con sus profesores, de no rendirse. M. asiente, pero hay algo en él demasiado adulto que le impide ilusionarse con un futuro que sigue sin ver. En un acto reflejo, seguramente inútil, cojo mi propio libro y se lo dedico. “¿De verdad?” Lo coge como si fuera un tesoro y yo siento que el gesto es aún más insignificante, porque lo que realmente me gustaría entregarle es la promesa de un futuro.

Ese futuro que la apisonadora neoliberal que ha devastado nuestra educación le está robando. La apisonadora que se ha llevado ayudas, becas, apoyos, estímulos. La misma que ahora, tras las siglas de la LOMCE, se encargará de amputar los últimos brotes de esperanza que queden entre quienes más nos necesitan.

Cuando M. sale del aula veo cómo le enseña el libro a su maestra y ella -una de esas mujeres excepcionales que llenan nuestros colegios e institutos: luchadoras contra ese sistema que cercena horizontes- lo abraza. “La vida…”, me dice. Y cuando me despido sé que esta vez me he roto un poco más. Porque siento que no hacemos lo suficiente. Porque no es justo que nos crucemos de brazos. Porque me pregunto si no nos estamos resignando a la indignidad. Y porque cuando se tienen 10 años exijo que se tenga derecho a soñar con todo. A soñarlo todo. Y a serlo todo.

Esto -por cierto- no es ficción. Pero ojalá lo fuera.”

Después de haber sido compartido más de 3.500 veces, al autor le tocó contestar a las acusaciones de que su historia no era cierta, o que pintaba una situación muy diferente a la realidad:

“Ayer compartí algo que he vivido estos meses. Obviamente, omito el cuándo y el dónde, porque quería preservar el anonimato de quienes allí aparecían. Hoy mi Twitter está desbordado de mensajes, tanto de quienes creen que M. no existe (lógico, no saben de las vidas que nos encontramos en las aulas…) como de quienes quieren ayudar (ilusiona ver que somos capaces de hacer más que un RT, aunque lo singular sea insuficiente). Comparto hoy estas notas para quienes se han interesado y poner también punto final a esta historia. Un final que hay que conseguir que, para tantas y tantos niños y adolescentes, sea un principio… Feliz fin de semana.”

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Además, pidió a contactos que trabajan en el mundo de la educación que compartieran anécdotas:

“Escribí La edad de la ira porque sentía que se desconocía la realidad de nuestras aulas. Desde ayer, después de leer ciertos tuits y mensajes que cuestionan la veracidad de las dificultades que con demasiada frecuencia irrumpen en ellas, volví a comprobar que se sigue ignorando lo que allí se vive. Lo que allí se lucha. Y también, por qué no, lo que allí se consigue.

Por eso, porque hay quien cree que el dolor ajeno es ficción, pedí a colegas docentes que me siguen en Twitter que compartieran -siempre de modo anónimo- algunas de esas historias que vemos a miles en nuestros institutos. Estos son solo algunos ejemplos y, desde aquí, os animo a que compartamos y hagamos visibles muchos más. Porque cuando hablamos de educación no estamos hablando de cifras, sino de vidas. Aunque, por supuesto, también podemos pensar que son ficción: así dolerá menos.”

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Y aún sigue coleando el tema en su perfil de Facebook:

“Este viernes compartía aquí y en mi cuenta de Twitter un hecho que había vivido en una de mis charlas. Tan solo era una historia de las miles que conocemos quienes trabajamos en las aulas y que, por triste que suene, ni siquiera es una de las más duras. El relato de esa vivencia ha acabado llegando a más gente de la que esperaba -imagino que este muro a veces es más visible de lo que imagino- y ha suscitado todo tipo de reacciones. Ha habido colegas que han sumado sus propias vivencias -algunas de ellas, todavía más desgarradoras: gracias por compartirlas y denunciarlas-, quien ha querido ayudar, quien ha reflexionado sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo y quien ha puesto en duda -con notable crispación- que algo así pueda suceder.

Dejando a un lado la agresividad de las redes sociales -que, curiosamente, suele venir con más frecuencia de cuentas anónimas y no de quienes sí damos siempre la cara-, me sorprende que la realidad de tantos centros escolares -y de los barrios en que se hallan- pueda resultarnos inverosímil o incluso nos enfade (no su realidad, sino su relato). Quizá nos enfada porque nos recuerda lo que no hacemos. O lo que no somos. Y aunque quisiéramos arreglando volcando nuestra caridad -horrible palabra- en un caso concreto, la solución no es esa. La solución ha de ser mucho más global y requiere un esfuerzo de todos. Porque a veces recuerdo cómo, cuando empecé a dar clase, mis alumnos me contaban entusiastas qué querían hacer, estudiar o ser y hoy lo comparo con tristeza -e imagino que no soy el único docente que ha notado ese cambio- con su alzarse de hombros, con su “no sé” o con su “y para qué”, frases y gestos que se repiten demasiado en estos últimos años donde la vida -padres en el paro, familias viviendo de la pensión de los abuelos, hermanos buscándose la vida fuera…- pesa demasiado.”

¿Qué os parece a vosotros? Contádnoslo en los comentarios.

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A raíz del tema de las reválidas, por cierto, ocurrió este perfecto ZASCAlo que pasa cuando vas de superior… y acaba quedando muy claro que no lo eres.

Vía Elegí mal día.