Los médicos avisan: Así puedes detectar si te está dando un ataque cardiaco o es…

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Cuando el cuerpo lanza la alarma: ansiedad e infarto, dos caras del mismo miedo

Dolor en el pecho, sensación de ahogo, latidos acelerados y una angustia difícil de describir. El cuerpo entra en modo alerta máxima y la mente se llena de pensamientos catastróficos. Para muchas personas, estos síntomas significan automáticamente lo peor: un infarto. Sin embargo, en un número significativo de casos, lo que se esconde detrás es un ataque de pánico. El problema es que ambos cuadros comparten tantas similitudes que distinguirlos en caliente resulta extremadamente complicado, incluso para profesionales sanitarios experimentados.

Un error frecuente con consecuencias muy reales

Las cifras reflejan una realidad inquietante: una de cada cuatro personas que acude a urgencias creyendo estar sufriendo un infarto en realidad está experimentando un episodio grave de ansiedad. Pero el escenario inverso es aún más preocupante. Existen pacientes, especialmente mujeres, cuyos síntomas cardíacos son interpretados como ansiedad, retrasando un diagnóstico vital. Esta confusión no es trivial: puede marcar la diferencia entre una intervención a tiempo o una consecuencia fatal.

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Similitudes que confunden incluso a los médicos

«Los síntomas de un ataque de pánico y los de un ataque cardíaco se superponen de forma tan significativa que incluso los médicos de urgencias a menudo no pueden distinguirlos sin realizar pruebas médicas», explica la psicóloga Kiki Fehling. Esta superposición tiene una explicación fisiológica clara: en ambos casos el cuerpo activa una respuesta de emergencia basada en la liberación de adrenalina. Ya sea por una amenaza real —como un problema cardíaco— o por una percibida —como ocurre en la ansiedad—, el organismo reacciona de forma muy similar.

Las pistas que pueden marcar la diferencia

Aunque la línea que separa ambas situaciones es difusa, existen ciertos matices importantes. En los ataques de pánico, el dolor en el pecho suele ser agudo, localizado y de corta duración, apareciendo de forma repentina y acompañado de síntomas como temblores, sudoración o sensación de pérdida de control. En cambio, en un infarto, el dolor suele describirse como opresivo, persistente y expansivo, extendiéndose hacia la mandíbula, la espalda o los brazos, y acompañado de signos como náuseas, mareos o sudor frío.

Señales previas que muchos pasan por alto

Otro aspecto clave es el contexto en el que aparecen los síntomas. Los infartos pueden venir precedidos de señales sutiles durante días, como fatiga inusual o molestias digestivas, mientras que los ataques de pánico tienden a surgir de forma abrupta, a menudo vinculados al estrés o a pensamientos angustiosos. Además, el dolor cardíaco suele mantenerse o aparecer en oleadas, mientras que el pánico alcanza su punto máximo rápidamente y luego disminuye.

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El peligro de autodiagnosticarse

«Los ataques de pánico son aterradores porque el cuerpo está experimentando una respuesta de supervivencia real», señala la doctora Chloë Bean. Esta intensidad emocional lleva a muchas personas a intentar interpretar lo que les ocurre en el momento, algo que los expertos desaconsejan firmemente. «Los ataques de pánico y los ataques cardíacos pueden sentirse muy similares en el momento, por lo que la gente no debería intentar autodiagnosticarse bajo presión», advierte el doctor Clint Salo.

Ante la duda, siempre actuar

La recomendación médica es clara y contundente: cualquier dolor en el pecho nuevo o diferente debe tratarse como una posible urgencia médica. «Desde el punto de vista de la seguridad, si alguien experimenta dolor en el pecho por primera vez, o cualquier otra sensación diferente a la habitual, debe considerarlo un problema médico y acudir a una evaluación», insiste Salo. En estos casos, pecar de precavido no es un error, sino una decisión que puede salvar vidas.

Ansiedad y corazón: una relación más profunda de lo que parece

Para complicar aún más el panorama, la ansiedad no solo imita los síntomas de un infarto, sino que también incrementa el riesgo real de padecer enfermedades cardíacas. Diversos estudios han demostrado que las personas con trastornos de ansiedad presentan una mayor probabilidad de desarrollar problemas en las arterias coronarias. Uno de ellos, realizado en 2010 con cerca de 250.000 pacientes, concluyó que la ansiedad aumenta en un 26% el riesgo de este tipo de enfermedades.

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Un dilema que exige atención y conciencia

La conclusión es tan clara como inquietante: el cuerpo puede engañar, pero ignorarlo nunca es la solución. En un escenario donde los síntomas se solapan y las consecuencias pueden ser graves, la única respuesta sensata es la prudencia. Entender estas diferencias, escuchar al organismo y actuar con rapidez puede marcar la diferencia entre un susto pasajero y una situación mucho más grave.