“¡No me digas!”: un soltero se queda sin habla al darse cuenta de quién es su cita de ‘First Dates’

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‘First Dates’, un clásico moderno que no se apaga.

Desde su estreno en 2016, First Dates ha sabido mantenerse como uno de los programas más singulares de la televisión española. Con su combinación de humor, ternura, sorpresas y algún que otro escándalo, el formato de citas a ciegas sigue cautivando a miles de espectadores noche tras noche. En tiempos donde los realities parecen multiplicarse sin medida, este restaurante ficticio sigue sirviendo amor y espectáculo con la misma receta de siempre.

El secreto de su éxito reside, en parte, en su capacidad para mezclar perfiles imposibles, jugar con el azar televisado y confiar en la magia —o el caos— del primer encuentro. Ya no se trata sólo de buscar pareja: se trata de vivir una cita inolvidable, de dejar huella en el plató, o al menos, de regalarle al espectador una anécdota de esas que no se olvidan. Y mientras Carlos Sobera, con su eterna sonrisa entre la ironía y el asombro, ejerce de maestro de ceremonias, los comensales hacen lo suyo.

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Ahora, con su reciente salida de Telecinco, el programa continúa emitiéndose en Cuatro con una edición veraniega ambientada en un lujoso ‘resort’. Y en esta versión especial, entre cócteles y jacuzzi, apareció una de esas participantes que justifican por sí solas la existencia del programa: María Corazón.

Cuando el amor se sirve con fuego.

Con 71 años y una energía desbordante, esta empresaria filipina residente en Benalmádena ya había participado en el programa en 2022. En esta nueva aparición, demostró que la edad no está reñida ni con la pasión ni con las ganas de pasarlo bien. «Yo con uno no tengo bastante. Por un polvo no me bajo las bragas. El sexo es muy importante, hay que hacer el amor muchas veces», sentenció ante un Sobera visiblemente superado.

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Su desparpajo no pasó desapercibido. María no necesitó ni un minuto para dejar clara su filosofía: la vida hay que vivirla con intensidad y sin tapujos. A la hora de describir a su hombre ideal, no se anduvo con rodeos: «que sean marchosos, simpáticos». Y por si el universo televisivo no tuviera suficiente sentido del humor, ese hombre apareció en forma de Rambito.

Detrás del apodo se escondía un deportista veterano, nacido en Benidorm, que presume de haber batido el récord mundial de abdominales en los años 90. «Hice 3.400», comentó con total naturalidad. A sus 60 años, Rambito sigue en plena forma física, aunque en lo sentimental reconoce tener cuentas pendientes. «Vengo a encontrarla esta noche, a ver si puede ser», decía con optimismo.

Humor, baile y preservativos en la mesa.

El primer encuentro fue tan teatral como inesperado. Nada más verla, Rambito lanzó un «¡Virgen Santa! ¡No me digas que eres tú!» que dejó a María perpleja. Ella no recordaba haberlo visto nunca, y él se deshizo en risas aclarando que todo era una broma para romper el hielo. Luego vino el merengue, los piropos y los silencios incómodos. Pero el hielo, desde luego, se rompió.

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La química fue inmediata. A María le llamó la atención el físico de su cita —«el pelo así raro, pero no está mal»— y a él le gustó su carácter chispeante. A medida que avanzaba la cena, las confidencias fueron ganando terreno: desde la afición de él por viajar en autocaravana, hasta la teoría de ella de que esas caravanas “se van ahí todo a chingar”.

La desconfianza también tuvo su momento. María no se tragó que Rambito no usara apps de ligue, ni que llevase tanto tiempo solo. «Que no me he caído de un árbol, ese chinga más que yo», dijo convencida. Sin embargo, ese punto de picardía compartida fue lo que acabó uniéndolos más.

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Hasta el fondo del mar, y quizás más allá.

No hubo que esperar a la decisión final. Cuando Rambito fue a pagar la cena y se le cayó un preservativo de la cartera, ambos entendieron que lo suyo no iba a quedarse en una charla simpática. «Dejémonos los teléfonos y todo se andará», propuso él, y ella no se mostró reacia.

La cita culminó en el jacuzzi, entre masajes y risas, y aunque no hubo “final feliz” al estilo que deseaba María, sí hubo una promesa de seguir en contacto. Él le gustaba, decía ella, por su “perfume de macho”.

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En la escena final, la pareja se marchó del restaurante con la promesa de «continuar nuestro amor hasta el fondo del mar». Una despedida que, entre risas, resume lo que First Dates lleva años demostrando: que el amor puede llegar en cualquier momento, incluso cuando se disfraza de comedia ligera.