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Risto ha rechazado este premio, y lo ha mandado “al recto del jurado y de Carlos Herrera”

Risto Mejide, presentador, escritor, publicista, polemista, novio de Laura Escanes, etc… ha confirmado su no asistencia a los Premios Naranja y Limón, principalmente porque tendría que coincidir con el locutor de la Cope Carlos Herrera después de algunos sonados cruces de ZASCAS en las redes sociales.

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Y es que los dos tuvieron una agria polémica a principios de año cuando el director del matinal de la Cope llamara a Mejide “tonto en serie” por su opinión en contra de la tauromaquia. Ahora, Mejide habría declinado una invitación a los tradicionales Premios Naranja y Limón para evitar compartir espacio con Herrera, también invitado a la ceremonia, que recibe un premio especial en la categoría de Comunicación. Preguntado por Vertele, Risto ha dejado caer la siguiente perla:

No se me ocurre mejor forma de agradecer un premio a la antipatía que dejándolo al alcance del recto de cada uno de los miembros del jurado, y si don Carlos Herrera quiere disfrutarlo también, por mí adelante.

Carlos Herrera comenzó el año publicando un artículo en la revista XL Semanal muy crítico con Risto Mejide, en el que dijo que era un “tonto en serie” por haber llamado “asesino en serie” al torero ‘El Juli‘.

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El publicista no tardó en contestar al ataque a través de su cuenta de Twitter:

Sin embargo, después quiso profundizar en el asunto y publicó una carta abierta dedicada a Carlos Herrera, en la que no tuvo reparos a la hora de mencionar al locutor de la Cope y que se viralizó rápidamente en las redes sociales.

Este era el texto completo:

Soy tonto. Sí, ya sé que para muchos, hasta aquí, ninguna novedad. Los que mejor me conocen ya lo tienen más que sufrido y comprobado. Pero es que ahora, además, he sido recalificado -imagino que con intención peyorativa- por Carlos Herrera, conocido periodista que ha utilizado su columna en el XL Semanal para llamarme tonto, y por si fuera poco, le ha añadido ‘en serie’ para lucirse con su original juego de palabras. Soy un tonto en serie. Llega tarde, pero llega.

El ocurrente jueguecito viene porque hace poco llamé a la cara “asesino en serie” a un torero. Bueno, de hecho ha sido a dos “maestros”, el otro fue hace casi un año, aunque el señor Herrera se haya enterado ahora. Y qué le voy a hacer, como soy tonto lo pienso volver a hacer cada vez que se me presente la ocasión. Me gusta calificar a la gente cuando la tengo delante, no desde lejos, a sus espaldas o a través de un broche final en un artículo sin siquiera atreverme a dar el nombre y apellido de quien estoy hablando. Seré tonto, sí, pero no cobarde.

A lo que iba, que soy muy tonto. Eso sí, no considero que la especie humana sea la mejor del reino animal. Más bien creo que somos de lo peorcito. No hay más que escuchar de tanto en tanto a gente como Jonas Salk, prestigioso virólogo estadounidense y desarrollador de la vacuna contra la polio: “Si desaparecieran todos los insectos de la tierra, en menos de 50 años desaparecería toda la vida. Si todos los seres humanos desaparecieran de la tierra, en menos de 50 años todas las formas de vida florecerían”. Otro tonto, imagino.

Precisamente por eso, y aún sin salir de mi tontería, puedo atisbar que matar a otro animal con el único propósito de entretenernos resulta un acto de barbarie anacrónico y repugnante, impropio de una sociedad que se considera a sí misma civilizada. Y justificarlo me sigue pareciendo tan inmoral como ridículo, por más razones que se me den. A saber.

La primera, la económica. Porque el artículo del señor Herrera, titulado “El impacto económico de la tauromaquia”, aparte de incurrir en varias inexactitudes desmentidas desde hace tiempo por sucesivas encuestas Gallup, se tira su buena página intentando justificar la existencia de “la fiesta” por su aportación a la economía local y estatal. Imagino que si ése es su argumento, el señor Herrera estará a favor de legalizar el tráfico de drogas, el de armas y el de personas. Juntas suponen más de 680.000 millones de euros en total, nada más y nada menos que el 1’5% del PIB mundial. Si la aportación a las arcas del estado legitima moralmente cualquier actividad, no sé por qué no empezamos por ahí y nos dejamos de hostias.

La segunda, la ontológica. Es que si no existiera la fiesta, el toro bravo hace tiempo que se habría extinguido. Ahá. El mismo argumento que utilizaban los racionalistas liberales del siglo XVII para justificar la esclavitud -y recordemos que para ellos, los esclavos tampoco eran precisamente “seres humanos”-. Vamos, que traer a este mundo a un ser vivo -o salvarle excepcionalmente de la extinción- te autoriza automáticamente para matarlo cuando y como tú quieras. Bueno es saberlo. Idea de negocio: montar un parque natural para quemar linces vivos mientras se graban sus gemidos en CD y otro para asfixiar pandas en cámaras de gas y regalar los esqueletos a los visitantes. Que se jodan, si yo los reproduzco, yo me los cargo cómo y cuando quiero. Cobraré buena entrada, eso sí. Que hay que contribuir al PIB.

La tercera, la instrumental. Si estás contra la tauromaquia, estás contra el consumo de carne. Gente que pone al mismo nivel supervivencia y espectáculo. Y yo me pregunto, por qué en vez de agua y alimentos durante el resto de su vida, les damos sólo entraditas para ir a ver sus toros. Igual así al animal muerto y calentito empiezan a mirárselo con otros ojos.

Y la cuarta, la más peregrina. La tradición. Hemingway, Picasso y un sinfín de artistas que avalan desde sus tumbas que sigamos torturando a nuestros compañeros de viaje por el universo. Oigan, Sir Arthur Conan Doyle, el genial creador de Sherlock Holmes, también era un ferviente devoto del espiritismo, así que aún no entiendo por qué en vez de calculadora a los chavales no les educamos con una ouija. Claro que estos jamás se acuerdan de eminencias como Cicerón, que se opuso enérgicamente a los espectáculos de circo con fieras, o como el gran Unamuno, a quien las corridas de toros literalmente le repugnaban.

Dicho esto, mientras esa “fiesta” que no es mía sea legal en nuestro país, no concibo combatirla con otras herramientas que las que nos otorga la ley. Ni amenazas, ni coacciones, y por supuesto, jamás aceptar que nadie coarte mi libertad de expresión. Y mientras, con el permiso de todos, seguiré disfrutando de las amistades que no piensen como yo, pues en la disensión está la riqueza. Incluso a riesgo de ir quedando de tonto ante gente como Carlos Herrera, el periodista que se hace selfies donde acaba de haber atentados, cosa que tampoco entiendo, debe de ser cosa de listos y yo no llego.

De cualquier modo, qué quiere que le diga, si al final ser tonto en serie significa coincidir en argumento y posición con gente como José Saramago, Salvador Pániker, Francisco Umbral, Eduard Punset, Jesús Mosterín o Jorge Wagensberg, por favor llámeme tonto.

Pero en serio.

¿Qué os parece a vosotros la polémica? Contádnoslo en los comentarios.

Vía Elegí mal día.