Manel Navarro rompe su silencio: del sueño eurovisivo a la pesadilla pública

Apenas unos días después de que Tony Grox y Lucycalys se alzasen como vencedores del primer Benidorm Fest desligado de Eurovisión, el recuerdo de antiguas heridas ha vuelto a abrirse. Manel Navarro, representante español en 2017, ha decidido contar sin filtros el calvario que vivió antes, durante y después de su paso por el festival celebrado en Kiev. Lo que debía ser la gran oportunidad de su vida terminó convirtiéndose en una etiqueta cruel que lo acompañó durante años: “el del gallo”. Aquel fallo vocal en el clímax de Do it for your lover no solo marcó una actuación, sino que desató una tormenta de odio pocas veces vista contra un artista tan joven. Con solo 21 años, pasó de ser una promesa emergente a convertirse en el blanco de insultos, abucheos y campañas de desprestigio que trascendieron el escenario.
Una candidatura que nació torcida
El propio Navarro reconoce ahora que las señales de alarma estuvieron presentes desde el principio. “Yo nunca había querido ir a Eurovisión, pero como mi proyecto era en inglés me dijeron ‘Oye, ¿qué te parece si vamos a Eurovisión?’ y yo pregunté si creían que era la mejor opción. Luego, dos días antes de la candidatura, me obligaron a traducirla al castellano. Ya todo pintaba mal desde el principio”, explica en el podcast Vergüenza. Aquella improvisación forzada fue solo el preludio de una preselección polémica frente a Mirela, marcada por acusaciones de tongo y el sonado episodio del locutor Xavi Martínez. “Me dicen que gano y yo lo que me siento es como una mierda. Al final me vi ahí abucheado por un montón de gente cuando yo al final era un chaval de 21 años que lo único que quería era cantar”, recuerda. La victoria que debía impulsarlo fue, en realidad, el inicio de su caída emocional.
La noche del “gallo” que lo cambió todo
El momento exacto en que su voz se quebró quedó grabado en la memoria colectiva. “Cuando llegó ese momento, noté que algo no había ido bien. Algo había sonado raro, pero no sabía qué magnitud. Luego fue cuando bajé del escenario, entré en Twitter y vi lo que había pasado y dije ‘bueno, pues ya la hemos liado’”, relata. Hasta entonces, creía que se trataba de un simple tropiezo, un golpe de “mala suerte” que no le “había pasado nunca”. “También creí que a lo mejor no estaba preparado porque era un artista que tenía muy poco bagaje”. Su carrera había ido demasiado deprisa: “Venía de ganar un concurso en Cataluña, que eso fue lo que me abrió las puertas de fichas con un management importante y con Sony. Saqué una canción con ellos y la segunda ya era la de Eurovisión”. Demasiado foco, demasiado pronto y sin red de seguridad.
Insultos, amenazas y humillación pública
Pero lo más duro no fue la desafinación, sino la reacción posterior. Durante las votaciones, la realización enfocaba a la delegación española mientras los puntos no llegaban. “Los españoles estaban allí con tablets de ‘Manel, muérete’. No nos daban puntos y todos aplaudiendo y diciendo ‘Manel, jódete’, deseando que acabara, me fui para el hotel cagando hostias”, rememora. A su regreso a España, la situación no mejoró: “La mayoría de cosas eran a través de redes sociales, pero pasaron un par de cosas en persona también bastante gordas, de tirarme hielos, escupirme por la calle. Volviendo de unas salas de ensayos, un grupito de gente me empezó a escupir y a reírse. En vez de encararme, cogí y seguí andando”. Incluso recibió “amenazas de muerte”. “La gente se cebó conmigo un montón también por la preselección. Se me tachó de tongo y lo juntaron con que soy catalán. Me metían en el saco de independentista… Da igual lo que cantara, había gente insultándome, haciendo el gallo”. El escarnio público derivó en un miedo escénico que arrastró durante años.
El abandono tras el foco
Cuando las luces se apagaron, el respaldo profesional también desapareció. “Volví de Eurovisión y a los dos días me pasaron una carta por debajo de la puerta de que tenía dos días para dejar el piso. Me hacen renunciar a todo, dejo la carrera, dejo todo, me vengo a Madrid y, a la que vuelvo, la discográfica dejó de pagarme el piso”, denuncia. Se vio obligado a mudarse a casa de una amiga en Alcorcón, mientras su equipo se desmoronaba: “Al final los managers que tenía también me dejaron y me vi solo. La misma gente que me metió en ese follón es la misma gente a la que, cuando salió mal, se piró”. Según explica, buscaban “resultados instantáneos” y, al no conseguirlos, le dieron la espalda. “Nadie se la ha querido jugar nunca, al final fue volver de ahí y todo el mundo me dio la espalda. Hasta me ha costado quedar con ciertos artistas para escribir. A la cara no me lo dice nadie, pero luego hablan y me llega por otra gente”. Del escaparate europeo al vacío profesional en cuestión de días.
Una segunda oportunidad
Hoy, con 29 años, Manel Navarro mira atrás con perspectiva y determinación. Asegura haber aprendido que un error no define una trayectoria. “Me ha costado como un poco encontrar a alguien que, en vez de darme un dedo, me diera la mano de verdad. Yo no pienso en aquello nunca, un fallo no nos define. Tuve mi error, pero acabará pasando. Al final, quieras o no, para bueno o para mal, tengo un nombre”. Con esa convicción, el cantante busca reconstruir su camino en la música y demostrar que, más allá de un instante viral, hay una historia de resistencia, aprendizaje y ganas de volver a empezar.