Nos deja trágicamente un icono de la moda: Adiós y gracias por todo

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Adiós que detiene el ritmo.

Cuando muere alguien cuyo trabajo ha acompañado a millones, la noticia no se queda en una cifra o en un titular: se convierte en un pequeño temblor colectivo. Son figuras que, sin conocerlas en persona, hemos visto formar parte de nuestra educación sentimental. Sus obras, sus apariciones y hasta sus manías acaban viviendo en la memoria común. Por eso, el duelo se siente como una pausa compartida, incluso entre desconocidos.

En esos momentos, la sociedad busca explicarse la ausencia con gestos sencillos: recordar, repasar, contar anécdotas. Se revisitan entrevistas, se rescatan imágenes y se vuelve a hablar de lo que esa persona significó para su tiempo. La despedida también funciona como espejo: nos pregunta qué admiramos, qué copiamos, qué nos queda por aprender. Y, de paso, confirma que el talento verdadero deja huellas que no se borran rápido.

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Cuando la persona fallecida ha sido decisiva en un oficio —arte, cine, deporte, ciencia, moda— el impacto se multiplica. No solo se va alguien; se cierra un capítulo de una manera de hacer las cosas. Las generaciones que crecieron con ese referente sienten que algo se reordena, como si el calendario cultural cambiara de página. Y quienes llegan después entienden, de golpe, por qué ese nombre era más que un nombre.

Cuando un nombre se queda en silencio.

Ese tipo de conmoción se ha activado ahora con la muerte del diseñador Valentino Garavani, conocido mundialmente, sencillamente, como Valentino. Ha fallecido este lunes en Roma a los 93 años “rodeado de sus seres queridos”, según ha comunicado la fundación que lleva su nombre. Con él se apaga una de esas raras figuras que pueden identificarse por un solo nombre y, además, por un color: el rojo. En la moda italiana global, su lugar era el de un soberano, en una época en la que Giorgio Armani —fallecido el año pasado— era el otro gran rostro reconocible.

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Roma prepara una despedida a la altura de su leyenda, con un calendario ya definido. El velatorio se ubicará en el espacio cultural PM23, en pleno centro, junto a plaza de Spagna, un lugar impulsado por el propio Valentino y su socio histórico, Giancarlo Giammetti. La capilla ardiente abrirá el miércoles 21 y se mantendrá hasta el jueves 22, de 11.00 a 18.00. El funeral, según el programa anunciado, será el viernes 23 a las 11.00 en la Basílica de Santa María de los Ángeles y de los Mártires.

Entre las primeras voces institucionales en reaccionar ha estado la de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, con un mensaje que ha condensado el sentir nacional: “Valentino, el maestro indiscutible del estilo y la elegancia, y el símbolo eterno de la alta costura italiana. Hoy, Italia pierde una leyenda, pero su legado seguirá inspirando a generaciones. Gracias por todo”. El comunicado, directo y solemne, ha circulado con rapidez en medios y tertulias. También ha servido para subrayar que la moda, en Italia, no es solo industria: es identidad. Y en esa identidad, Valentino ocupaba un lugar de excepción.

El legado, de pasarela a la conversación digital.

La trayectoria del diseñador explica por qué su adiós trasciende el ámbito profesional. Nacido en 1932 en Voghera, entre Milán y Génova, se formó en París desde muy joven y bautizó su firma con la sencillez ambiciosa de “Valentino”, fundada en 1959 en Roma. Su salto a la fama llegó pronto, tras un desfile triunfal en 1962 en el Palazzo Pitti de Florencia. Y el rojo que acabaría marcando su imaginario lo eligió, según se ha contado, de niño en Barcelona, una noche de ópera en la que quedó hipnotizado por mujeres vestidas de ese color.

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Parte esencial de esa historia es su encuentro con Giancarlo Giammetti en 1960: un dúo en el que uno ponía la creación y el otro el pulso empresarial. La relación profesional perduró durante décadas, en un mundo de celebridades, grandes editoras de moda y expansión internacional; él mismo recordaba esa cercanía con una frase ya repetida en múltiples perfiles: “Diana Vreeland, directora de Vogue, nos cogió cariño y nos llamaba The Boys”. Con el tiempo llegaron el logotipo de la “V”, los vestidos para iconos del cine y los momentos que hacen mito a un diseñador. Y también la nostalgia por una era distinta, resumida en su propia confesión: “Echo de menos la época en que no había límites para la opulencia y la elegancia. Quizá me marché a tiempo, porque ya no podía hacer lo que hacía”.

En las últimas horas, el relato de su figura se ha reactivado a base de escenas y frases que lo retratan como personaje, no solo como creador. Desde su cameo en El diablo viste de Prada hasta su respuesta irónica sobre viajar en avión privado: “No se lo imagine, en efecto”. Se han compartido, además, otras declaraciones que lo humanizan, como “Hacer ropa fue la mejor opción para mí, porque soy fatal en todo lo demás”, o su idea del rojo como una especie de belleza inmediata: “Cuando ves a una mujer vestida de rojo se siente un gran alivio”. Y, como suele ocurrir con estas despedidas, las redes sociales se han llenado de comentarios sobre el suceso, mezclando admiración, recuerdos personales y debates sobre lo que significa su legado hoy.

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